Portal de Desarrollo Personalwww.exitoya.com
|
|
|
El vínculo entre el intelecto y las emocionesLas emociones importan. De acuerdo con una creciente cantidad de datos que lo
demuestran, el sentimiento es el recurso más poderoso que poseemos. Las
emociones son salvavidas para el conocimiento de uno mismo y para la
autoconservación, que nos conectan profundamente con nosotros mismos y con los
demás, con la naturaleza y con el cosmos. Nuestro coeficiente intelectual (*) puede ayudarnos a comprender y afrontar el mundo a determinado nivel, pero precisamos nuestras emociones para entendernos y tratar con nosotros mismos, y, a su vez, entender y tratar con los demás. Sin la conciencia de nuestras emociones, sin la capacidad de reconocer y valorar nuestros sentimientos y actuar en sincero acuerdo con ellos, no podemos llevarnos bien con los demás (independientemente de lo “listos” que seamos), nos resulta difícil tomar decisiones, y a menudo nos encontramos perdidos, desconectados de nuestro sentido del yo. Culturalmente, los occidentales hemos aprendido a pensar en la propia conciencia como una actividad intelectual y no como una respuesta del corazón o instintiva. Hemos aprendido a no confiar en nuestras emociones; nos han dicho que las emociones distorsionan la información supuestamente más exacta que nuestro intelecto suministra. Incluso el término EMOCIONAL significa débil, sin control, hasta pueril. “No seas niño”, decimos al chiquillo que está llorando en el patio del recreo. “¡Déjalo solo! ¡Deja que lo solucione él!”, advertimos a la niña que corre a ayudar al muchacho. En realidad, tenemos tendencia a moldear la imagen de nosotros mismos completamente en torno a nuestro intelecto. Nuestras capacidades de memorizar y resolver problemas, de deletrear palabras y de efectuar cálculos matemáticos se miden fácilmente con pruebas escritas; esas medidas se pasan a informes en forma de calificaciones y, en última instancia, dictan qué facultad nos aceptará y qué caminos profesionales deberíamos seguir. Si no obtenemos buenos resultados en estas pruebas normalizadas, sentimos claramente el impacto de la etiqueta que se nos impone; cualquier meta que tengamos se vuelve mucho más difícil de alcanzar cuando sabemos que es muy posible que no seamos lo bastante listos para alcanzarla. ¿Su instinto le dice que hay algo que no está bien en ese panorama? Esto es debido a que, por mucho que nuestra sociedad nos diga que para seguir adelante hay que ser objetivo y racional, tenemos la sensación de que la persona no ha sido hecha para actuar como un ser sólo pensante. Cuando vemos una película que nos conmueve, coincidimos en que ha sido maravillosa; cuando vemos a alguien que actúa con compasión, le aplaudimos. Pero aceptamos nuestra emotividad sólo en determinados contextos: es correcto llorar en el cine pero no en el trabajo; está bien confiar en tu instinto al jugar al póquer pero no cuando se trata de elegir un producto para comercializar. Ahí reside la paradoja. Se nos inculca que valoremos la cabeza y devaluemos el corazón; instintivamente, valoramos el corazón y nos sentimos mal por hacerlo. Pero no nos equivocamos: Al fin y al cabo, el corazón y la cabeza no están tan separadosRecientemente, al estudiar a personas que han sufrido una apoplejía, un tumor
cerebral y otros tipos de daños cerebrales, los científicos han efectuado
algunos descubrimientos fascinantes referentes a la inteligencia. |